Agua de río

Sin duda la mejor estación es la primavera. Además de los colores, las largas horas de radiación, los sonidos de los animales, en la primavera se produce un fenómeno que te cautiva y te excita: el deshielo. En los altos picos blancos, en los valles nevados, desde los rincones sombríos donde apenas llega la luz del sol, tus pequeñas moléculas que permanecían dormidas en copos y bloques de hielo, comienzan a despertar del letargo invernal y se transforman en líquido. Y tu quietud de meses se convierte en necesidad de correr, en la obligación de recorrer el espacio y el tiempo que no has podido andar durante todo este lapso de sueño.

Y te lanzas hacia abajo en un descenso peligroso por barrancos y cañadas, entre riscos y desniveles, donde luces todo tu esplendor, toda tu fuerza natural y dejas ver que nada te es imposible, que nada te asusta.

Y es en primavera también cuando te remansas en meandros adormilados y contemplas el paisaje que te rodea. Horadas la tierra durante siglos formando bellas hoces y te precipitas majestuosa desde alturas impensables, en una caída de vértigo, salpicando en tu descenso plantas, piedras y el mismo aire que conviertes en humedad refrescante que hará crecer la vida a tu alrededor.

Animales e insectos beben de ti, y les ayudas a soportar las altas temperaturas de los mediodías estivales. Y viven en sus nidos y madrigueras, siempre cerca de la música constante que produces al chocar contra las piedras y los troncos, vivos o muertos,  que se cruzan en tu devenir. Y te acompañan en tu camino hasta llegar al final, donde te ensanchas e inundas planicies formando el delta donde te fundirás, una vez más y otra, con el agua de mar.

Pero también es en primavera cuando esos seres extraños a los que admiras, pero de los que recelas, se acercan y se extienden por la explanada, en tu ribera, ocupando todo el espacio con sus objetos artificiales. Y ríen y juegan. Y comen y beben. Tú, agua de río, los observas y los espías con la curiosidad que caracteriza a sus crías, y sabes, porque ya lo viviste en tiempos antiguos, que ellos son capaces de desviar tu curso, de crear lagunas, de cambiar el color de las aguas, de ensuciarte, de desecarte…

Eres agua de río y, a pesar de todo, en esta primavera que empieza hoy te muestras orgullosa al día que amanece.

Han venido de nuevo, como cada primavera. Temprano, con ese ansia por aprovechar las horas del día que se les escapa. Y debajo de los árboles han colocado sus enseres. El ruido y los movimientos nerviosos los acompañan, trajinando constantemente. Unos preparan el fuego, otros colocan manteles y cobertores donde se sentarán a comer y a descansar. Los niños juegan con pelotas y cuerdas y corren alocados, persiguiéndose ahora hacia aquí, ahora hacia allá. Los más valientes se desnudan y comienzan a mojar primero sus pies y más tarde sus cuerpecitos blancos.

Estás fría porque eres agua de río y así lo ha marcado siempre tu condición y ellos soplan y tiritan con tu contacto y se ríen nerviosos. Y, sin poder evitarlo, saltan mientras van entrando en el cauce. El pequeño mira absorto tu incansable descenso, subido a una gran piedra suave al tacto, erosionada. Mete una mano y como en un juego intenta frenar la corriente, detener tu fuerza. Los otros lo llaman a gritos:

-¡Entra, miedica! ¡Entra ya, que no está fría!

Pero el niño niega con la cabeza. No quiere bañarse, se conforma con sentir cómo fluyes con sus pies levemente sumergidos.

– ¡Entra, cobarde, o iremos a buscarte! -insisten sus amigos para quienes su resistencia a bañarse comienza a ser un juego divertido.

– ¡Tú te lo has buscado! -le gritan desafiantes.

Rodean la piedra y salpican dándote manotazos, inocentes golpes con sus manos de niños que no te duelen porque tu eres agua de río y no sabes qué es el dolor.

Con ágiles movimientos suben a la piedra y se sitúan al lado del niño que no ha podido escapar. Entonces comienza el juego. Se empujan. Se agarran por las piernas y se aprietan los brazos, ríen divertidos y forcejean y finalmente caen al agua donde los acoges con tu  fría ternura.

Mojados siguen jugando pero no todos porque para el niño ha dejado de ser un juego. Él no sabe nadar. Se revuelve nervioso y con desesperación, intentando que su cabeza no se sumerja, procurando que no le falte el aire. Y tú, de forma cruel, lo arrastras hacia el centro del cauce donde la profundidad es mayor. Acaricias su piel pecosa, suavemente, y desciendes con él cientos de metros donde alcanzas más velocidad. Oyes los gritos del niño y sientes su cansada lucha por la supervivencia. Minutos después lo envuelves en un abrazo maternal y cubres todo su cuerpecito que ya no resiste más.

Lejos, mucho más arriba, se escuchan lamentos de hombres  y mujeres y las órdenes nerviosas para encontrar al niño. Unos bajan corriendo, atropelladamente, por la ribera, golpeándose la cara y los miembros con los juncos y las cañas que se han convertido en testigos silenciosos de la tragedia. Otros, con el agua por la cintura, caminan torpemente buscando entre los troncos de árboles caídos.

Sabes que el juego ya ha acabado y acercas, amorosamente, el cuerpecito inerme del niño a la orilla. Solo un tiempo después, un hombre, sudoroso y sucio de barro lo recoge y lo abraza.

Llora desconsolado y sus lágrimas, agua de hombre, se mezclan contigo, agua de río.