Los siete sabios de Grecia según Johannes Engels

Una tradición que data de la antigüedad griega, recogida por Platón en sus Diálogos, nos habla de siete pensadores que vivieron entre los siglos VII y VI antes de Cristo, que dejaron al mundo el legado de la sabiduría práctica de su tiempo, condensado en una serie de aforismos como “Conócete a ti mismo”, “Nada en demasía”, “No desees lo imposible”… Aunque diversos autores llegaron a mencionar hasta 27 nombres distintos, la lista más aceptada de los siete, consagrada por las Vidas de filósofos ilustres de Diógenes Laercio, incluye a Tales de Mileto, Solón de Atenas, Bías de Priene, Quilón de Esparta, Cleóbulo de Lindos, Periandro de Corinto y Pítaco de Mitilene.

En este libro divulgativo para el gran público, Johannes Engels, profesor de Historia antigua de la Universidad de Colonia, nos explica la vida, el pensamiento y la leyenda, no solo de los Siete de la tradición, sino de otros que figuraron en la Antigüedad en esta lista, como Orfeo, Pisístrato o los filósofos Anaxágoras, Epiménides de Cnosos y Pitágoras.

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Para Jugamos, «los siete sabios de Grecia» es un juego donde los personajes van pasándose el trípode que representa la sabiduría de uno a otro y dónde vamos conociendo y descubriendo todas aquellas frases y citas tan sencillas y tan sabias que en su día pronunciaron.

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Y así, todos sus sueños se estrellaron contra el mar

Cogió una de las cañas y empezó a hacer pequeños agujeros con un sencillo punzón. Las cañas las habían recogido en sus salidas nocturnas, cuando el único vigilante se quedaba dormido. Poco a poco habían almacenado una gran cantidad de ellas. Habían tenido tiempo, mucho tiempo para hacerse con todo el material necesario Años y años encerrados en aquella enorme prisión, en la que ellos dos eran los únicos forzados habitantes.

Una pluma de un despistado ganso, otra pluma de buitre que apareció muerto en el recinto, varias más de pato y un montón de vulgares plumas de palomas que se atrevían, sin conocer su futuro, a posarse en los muros. Una a una las fue enganchando en los agujeros de la caña con la cera de abeja, calentada al sol en un pequeño recipiente.

Miró a su derecha y vió cómo su padre se esforzaba en ensamblar las cañas emplumadas unas con otras, formando así el extraño artilugio. Se acercó a él, arrastrando los pies, para que comprobara la solidez de su trabajo y pensó en el viaje que dentro de poco emprenderían.

Ataron a su cuerpo el producto de sus meses de trabajo y sus sueños de libertad, y subieron al muro más alto.

Y ejecutaron el más bello salto de vida que nadie jamás hizo. Y volaron.

Subía y bajaba moviendo sus brazos y sintiendo el aire fresco en su cara. Y desde atrás escuchaba la lejana voz de su padre: «No subas más. El sol, el sol…»

Fue entonces cuando vió la extraña lluvia de plumas y cuando presintió la inminente caida.

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